Dialectos de lo nuestro
Radio, fue una experiencia rica, diversa, definitivamente para muchos una sorpresa al oído. Sí, sabíamos que escucharíamos dialectos indígenas, y esto para primera vez de bastantes en el público, pero el equipo vino a sorprendernos con un formato distinto. La radioproducción, podemos decir, fue la idea perfecta para, más allá de entretener al público, generar emociones que recuerdan a momentos vividos, estancias en la vida de minutos hasta horas que son llevaderas gracias a un locutor. Esa sensación de estar escuchando algo íntimo, casi como si no fuera para todos, sino para uno mismo, fue lo que terminó de amarrar la experiencia.
Los actos se sintieron rápidos, dinámicos, como si no quisieran soltarte en ningún momento. La voz de los intérpretes en las lenguas indígenas era cautivadora, con una carga emocional que no necesitaba traducción para sentirse. Seamos sinceros, mucho de la obra no lo entendimos, y eso forma parte de la magia: la de callar, escuchar con el sentido de respeto y resiliencia que como mexicanos nos nace. Es curioso cómo, aun sin comprender cada palabra, el tono, la intención y la energía logran atravesarte.
Hay algo muy poderoso en no entenderlo todo. Es como un timbre en nuestro interior, algo que te hace remontar a esos libros de historia que antes leíamos, pero ahora con voz, con cuerpo, con presencia. Si cerramos los ojos, podemos observar los rostros que ya conocemos, que nacen, practican y seguirán practicando los antiguos dialectos. Rostros que no están lejos, que siguen aquí, aunque a veces olvidemos escucharlos.
Al final, más que una obra, se siente como un recordatorio. De identidad, de memoria y de todo lo que sigue vivo aunque no siempre lo entendamos del todo. Y quizá ahí está su mayor acierto: no buscar que comprendamos todo, sino que sintamos algo. Porque lo hizo. Y bastante.

- Rodrigo Ulloa Díaz