
Ahora te quiero preguntar… ¿dónde estabas cuando la música sonaba durísimo en esa fiesta de bocinotas, cumbias y cerveza quemada al por mayor?
Si pensaste, sentado, está bien, no es un regaño. Pero sí un recordatorio que la vida no es solo perseguir, trabajar y pasar horas en el baño.
Revísalo, por más fiestas a las que éramos invitados cada fin de semana de cada mes, la vergüenza siempre nos frena. Es curioso, no queremos hacer el ridículo. El miedo irracional a ser juzgados por disfrutar con cuerpo y ritmo hace que nos perdamos de la anécdota cagada del día siguiente.
Hay una palabra para ese sentir, el cringe. Funesto fue el día en que se pegó en la cultura popular este término. Era algo que ya existía en la práctica pero para estas generaciones, necesario ponerle un nombre en inglés.
Porque si lo piensas, la mayoría de los momentos memorables de una fiesta nacen precisamente de hacer algo ligeramente ridículo. Nadie recuerda quién permaneció sentado toda la noche cuidando la compostura. En cambio, siempre aparece en la conversación el que se aventó a bailar sin saber, el que improvisó pasos imposibles o el que terminó cantando una canción que apenas conocía.
Quizá por eso el cringe tiene algo de contradicción. Nos protege de la vergüenza, sí, pero también nos aleja de experiencias que podrían convertirse en recuerdos. Es como un guardia demasiado estricto que no distingue entre una humillación real y una simple oportunidad de divertirnos.
Y tampoco se trata de perder toda noción del ridículo. Existe una diferencia entre hacer el tonto y permitirse disfrutar. La mayoría de las veces nadie está analizando nuestros movimientos con la atención que imaginamos. Cada quien está ocupado lidiando con sus propias inseguridades, preguntándose si también se verá raro cuando salga a la pista.

Traducción directa de la jerga popular, el cringe es la pena ajena. Lo que nos provocaría ver a alguien hacer algo que siempre nos dijeron que no hiciéramos, todo por guardar la compostura. Bien, pues es esto lo que probablemente te ataca y no te deja disfrutar.
Si no te gusta, quizá este artículo no es para tí, o quizá te provoque algo que despierte la inquietud de probarlo. Pero ese trabajo se lo dejamos a los mejores ritmos que pueden en el clímax de una buena fiesta.
Desde la perspectiva de un chamaco de 15 años. La invitación a las fiestas quinceañeras, que son totalmente temporada de esa edad y de ciertos meses del año —como una temporada alta—, es el primer contacto al mundo de “sacar a bailar” a las niñas. Aquí se decidirá si de entrada somos tímidos o aventados.
¡Párate mijo! ¡saca a tu prima Estela!
- Rodrigo Ulloa Díaz

